Cien dólares por la instalación y dos dólares mensuales por el mantenimiento

Por Gabriel Yenaropulos

Recuerdo que en el año 1963 estaba asociado con Tito Rivié, un excelente y popular promotor artístico a nivel nacional.

Entre otras cosas, nos dedicábamos a la contratación de las figuras más conocidas de entonces para que actuaran los fines de semana en diferentes confiterías de nuestra ciudad.

Desfilaron en aquellos tiempos, Los Cinco Latinos, Edmundo Rivero, Jorge Sobral, Astor Piazzola, Enrique Dumas, Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche, Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los de Salta y una interminable lista que de enumerarla en su totalidad, exigiría de mi parte, un enorme esfuerzo de memoria y además excedería holgadamente el espacio de esta columna.

En uno de los tantos viajes a Buenos Aires, nos contactamos con un grupo de profesionales que daban clases de televisión.

Los cursos se dictaban en Buenos Aires, Córdoba y Rosario.

Jorge Maglione (Primer director integral de cámara de Canal 7), Iván Grondona (Popular actor de cine, teatro y televisión) y San Salvador Viale (Uno de los primeros sonidistas de Canal 7) eran los responsables de ILEST (Instituto Libre de Enseñanza Superior de Televisión).

Estos pioneros nos propusieron agregar en el itinerario a la ciudad de Río Cuarto para el dictado de clases.

No dejó de sorprendernos la propuesta, teniendo en cuenta que en esta ciudad no existía ningún canal.

Oportunamente el Estado había llamado a concurso público para un canal aéreo secundario. Se llegó a pre adjudicar una licencia y luego por extrañas razones políticas, fue anulada.

A tal efecto pensábamos que no tenía sentido dictar dichos cursos, pero como eramos muy jóvenes y aventureros, aceptamos la propuesta.

A poco de hacer el anuncio de inscripción, nos sorprendió la demanda inicial que superaba ampliamente nuestras expectativas.

Más de cuarenta alumnos asistían todos los lunes al salón de la antigua confitería Morocco, centro de atracción y diversión juvenil de todos los fines de semana.

Entre mesas, sillas, instrumentos musicales, armábamos los precarios elementos técnicos con los cuales efectuaban los trabajos prácticos los alumnos.

Una elemental cámara vidicón Philips 8000 registraba las imágenes iluminadas con simples lámparas instaladas dentro de vacías latas de aceite. El entusiasmo nos desbordaba y mientras se realizaban prácticas operativas, desde otro rincón del salón, se escuchaban las declamaciones de los futuros conductores o actores dirigidos por Iván Grondona.

A los pocos meses, envalentonados por el avance que habían experimentado los alumnos, cruzamos un cable hasta la otra vereda e instalamos televisores en las vidrieras de un negocio de artículos del hogar. El dueño era uno de los integrantes de la sociedad con la cual se había presentado en aquel concurso público, posteriormente anulado.

La gente se amontonaba en las vidrieras donde podían ver imágenes en movimiento, sin audio, que salían de esa fantástica y milagrosa cajita mágica. Todos contentos y felices. Los profesores por la repercusión y el resultado. Los alumnos porqué ya se sentían profesionales y nosotros muy satisfechos porqué la aventura nos estaba saliendo bien y además lo considerábamos como un muy buen negocio, porque sacando los viáticos y el pago a los profesores, nos dejaba una rentabilidad que alcanzaba para la cena de los días lunes que compartíamos al finalizar la clase.

Lo curioso del caso es que con tanto entusiasmo y alegría, a ninguno se le ocurría pensar, para qué nos estábamos preparando en una ciudad donde no existía la más remota esperanza de que se instalara un servicio de televisión.

Cuando estábamos en el octavo mes de aprendizaje, de los doce que duraba el curso, por casualidad o porqué el destino así lo quiso, llegó a mis manos una revista, de la cual ni me acuerdo el nombre, con un artículo que llamó fuertemente mi atención.

Por él, me entero que en el año 1948, en Estados Unidos, donde ya hacía varios años se conocía la televisión, en Pensilvania el propietario de un negocio de electrodomésticos llamado John Walson, necesitaba vender televisores pero no podía hacerlo porque un cordón montañoso interfería las señales.

Agudizando su ingenio, buscó solucionar el problema instalando en lo más alto de la montaña, una antena receptora y desde allí bajó un cable hasta su negocio. Colocó televisores en vidrieras y la venta no se hizo esperar. Claro que por cada aparato que entregaba, debía hacer una extensión del cable hasta el hogar del comprador.

Esta ocurrencia le ayudó en su primer objetivo que era vender televisores.

Al poco tiempo, previo amplificar la señal y modularla, descubrió el segundo negocio ya que cobraba cien dólares por la instalación y dos dólares mensuales por el mantenimiento. Al fallecer dejó en marcha una importante compañía de cable.

En nuestro país la situación era similar pero las señales no estaban limitadas por razones topográficas.

Recordemos que en 1951 sale al aire Canal 7 de Buenos Aires y se mantiene como único servicio de televisión hasta 1961 que inicia sus transmisiones el primero del interior que fue Canal 12 de Córdoba y en el mismo año el 9 y 11 de Capital Federal.

El no contar con esta nueva maravilla comunicacional, hacía que en el interior nos sintiéramos como ciudadanos de segunda.

El ejemplo de John Walson prendió en todos nosotros y decidimos hablar con el propietario del negocio donde teníamos instalados los televisores.

Este comerciante era integrante aún de la no disuelta sociedad Imperio Televisión S.A. a quienes se les había preadjudicado la licencia.

Como dicha sociedad estaba integrada mayoritariamente por vendedores de artículos del hogar, vieron en este proyecto la posibilidad de hacer el mismo negocio del pionero de Pensilvania.

Se hicieron las averiguaciones pertinentes y como la ley determinaba que el aire era del Estado, “hecha la ley, hecha la trampa”, se tomó la decisión de hacer televisión por cable, bastando solamente una autorizaçión municipal para el uso del espacio aéreo.

Los empresarios, con el objetivo de vender televisores, decidieron la inversión y nosotros, con el entusiamo que arrastrábamos, ofrecimos nuestra “experiencia”.

Aceleradamente, en los últimos tres meses del curso, con la ayuda de los profesores y cuarenta alumnos, mientras armábamos y poníamos en marcha Canal 2 Circuito Cerrado de Río Cuarto, finalizábamos las clases con intensas prácticas técnico-operativas.

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